
Fueron cinco años de tortura para los plagiados, para sus familias y para el país, que culminaron con el bárbaro sacrificio de los once civiles. Por supuesto que no son los primeros colombianos que mueren secuestrados y, segura y dolorosamente, no serán los últimos, pues desde cuando los grupos armados ilegales instauraron la abominable práctica de privar de la libertad a colombianos inermes como fórmula extorsiva el drama se ha multiplicado en miles de hogares.Inútil resulta encontrar argumentos de raciocinio cuando una de las partes considera lícita y aceptable la figura del secuestro bien para nutrir sus bolsas o bien para conseguir réditos políticos.
Capítulo aparte merece la crueldad y la falta de humanidad demostrada con las condiciones del secuestro sin importar la edad o características de los secuestrados, la ausencia de información sobre sus condiciones de salud y los humillantes tratamientos a que son sometidos los privados de la libertad.
Los plagiarios se consideran dispensadores de la vida o libertad de sus secuestrados, todo bajo una cobertura ideológica cada vez menos sustentable y en procura de unas reivindicaciones sociales para un pueblo que cada vez les cree menos y sólo les teme por la barbaridad de sus acciones.
El país y el mundo alzan su voz para condenar la atrocidad del asesinato de los diputados y unen sus voces para exigir la entrega de los cadáveres y la libertad de todos y cada uno de los miles de secuestrados sin atenuantes ni condiciones ni más excesos verbales."
Editorial del diario El Nuevo Día.